Elegir también es renunciar

Café para Mujeres que Construyen - Ruth Alcántara

“Crecer también significa aceptar que no todo lo que alguna vez quisimos tiene que acompañarnos a nuestra siguiente versión”

Hay algo que a las mujeres que construimos nos cuesta bastante: abandonar una construcción. Quizá porque sabemos cuánto costó levantarla. Aquí podemos hablar de una relación, un proyecto, un trabajo, una amistad, un negocio o un sueño que durante años imaginamos de cierta manera.

Recordamos el tiempo invertido, las conversaciones, los desvelos, el dinero, las oportunidades que dejamos pasar, las veces que volvimos a intentarlo. Y cuando algo comienza a dejar de funcionar, nuestra primera reacción muchas veces no es preguntarnos si todavía lo queremos. Es intentar salvarlo.

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Por eso arreglamos, explicamos, esperamos, negociamos y nos esforzamos un poquito más. Después de todo, hemos invertido demasiado para rendirnos ahora. Hasta que un día descubrimos que quizá llevamos demasiado tiempo tomando decisiones sobre nuestro futuro para justificar lo que hicimos en el pasado.

Y eso cambia la conversación, porque hay cosas que fueron importantes, hermosas e incluso correctas para la mujer que fuimos y que pueden dejar de tener sentido para la mujer que somos hoy.

A las mujeres nos han hablado mucho de perseverar, luchar por nuestros sueños y no rendirnos. Y sí, perseverar puede ser una enorme virtud, pero pocas veces hablamos de la sabiduría necesaria para reconocer cuándo insistir deja de ser valentía y comienza a convertirse en resistencia al cambio.

Apuntes entre Mujeres

La economía conductual tiene un concepto fascinante para explicar parte de este comportamiento: el “efecto del costo hundido”. Se refiere a nuestra tendencia a continuar invirtiendo tiempo, dinero o esfuerzo en algo debido a todo lo que ya hemos invertido, aun cuando las circunstancias hayan cambiado.

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Y aunque suele aplicarse a decisiones económicas, resulta difícil no reconocerlo en nuestra vida: “Después de tantos años…”, “Con todo lo que he trabajado…”, “Ya invertí demasiado…”, “Quizá si lo intento una vez más…”

Lo que invertimos importa: forma parte de nuestra historia y merece ser reconocido, pero no necesariamente tiene derecho a decidir lo que sigue.

Lo que he pensado entre cafés

Últimamente he pensado mucho en la palabra ELEGIR. Suena luminosa y esperanzadora: escoger un camino, aceptar una oportunidad, comenzar algo nuevo, elegir una profesión, un proyecto, una pareja con quien compartir la vida, una ciudad donde quedarnos o incluso la mujer que queremos llegar a ser.

Pero hablamos poco de su otra cara, ya que cada elección contiene también una renuncia. Elegir tranquilidad puede implicar renunciar a una batalla; elegir un nuevo proyecto puede significar despedirse de otro al que entregamos muchísimo. Elegir una ciudad para vivir significa dejar otras geografías posibles. Elegir una profesión supone renunciar a caminos que quizá también nos habrían apasionado. Elegir una pareja con quien compartir la vida implica dejar de imaginarnos con otras personas y apostar por construir una historia juntos.

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Elegir dignidad puede significar dejar de intentar convencer a alguien de nuestro valor. Elegir una nueva etapa puede requerir aceptar que algunos sueños también cambian. Y elegirnos puede significar reconocer que ya no somos aquella mujer que tomó ciertas decisiones hace cinco, diez o veinte años.

Eso no invalida a aquella mujer ni convierte sus elecciones en equivocaciones. Simplemente significa que elegir también es un acto que podemos volver a ejercer. Tampoco significa que lo vivido haya sido un error.

Tenemos la extraña costumbre de pensar que, si algo termina, entonces fracasó. Pero una relación pudo regalarnos momentos felices y terminar. Un trabajo pudo enseñarnos muchísimo y dejar de hacernos crecer. Un proyecto pudo apasionarnos y cumplir su ciclo. Un sueño pudo impulsarnos durante años y después dejar espacio para otro… no todo lo que termina estuvo equivocado.

Algunas cosas simplemente pertenecen a una versión anterior de nuestra historia. Podemos agradecer aquello que alguna vez nos hizo felices y reconocer que hoy queremos algo diferente. Podemos amar lo que fue sin obligarnos a convertirlo en lo que será y podemos cambiar de dirección sin pensar que todo el camino anterior fue inútil.

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Un pequeño ritual: ¿todavía lo elijo?

La vez pasada llenamos una caja con papelitos para recordar las pequeñas cosas que disfrutamos. Esta vez sólo necesitaremos una hoja, un café y diez minutos sin interrupciones.

Vamos a dividir la hoja en dos. De un lado escribe: LO SIGO ELIGIENDO,. Del otro: QUIZÁ SÓLO LO SIGO SOSTENIENDO, y empieza a colocar palabras.

No hagas una auditoría completa de tu existencia —no queremos convertir el café en junta de consejo—. Bastan cinco o seis cosas: un proyecto, una costumbre, una amistad, una responsabilidad, un sueño, una relación o incluso alguna expectativa que llevas años cargando sobre la mujer que “deberías” ser. Después mira especialmente las que quedaron del segundo lado y hazte una pregunta:

Si esto llegara hoy por primera vez a mi vida, sabiendo todo lo que sé ahora, ¿volvería a elegirlo?

No tienes que tachar nada, no tienes que tomar decisiones esa tarde, ni mucho menos salir corriendo a transformar tu vida antes de terminar el café. Sólo observa. Quizá descubras que hay cosas que sigues eligiendo con enorme alegría. Esas cuídalas. Otras tal vez necesitan cambiar, y alguna podría sorprenderte porque, en el fondo, hace tiempo que dejaste de elegirla; simplemente te acostumbraste a sostenerla.

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A veces volver a elegir no significa irnos. Puede significar renegociar, poner un límite, cambiar una expectativa, pedir algo diferente o construir una nueva manera de estar. Y otras veces sí significará cerrar una puerta, pero incluso entonces, hacerlo no borra todo lo bueno que ocurrió detrás de ella.

Último Sorbo

Quizá madurar no consiste en conservar todo aquello que alguna vez elegimos. También consiste en darnos permiso para volver a elegir cuando nosotras ya no somos las mismas. Así que, cuando termines tu café, mira nuevamente los dos lados de tu hoja y pregúntate:

¿Cuánto de mi vida sigo eligiendo y cuánto simplemente sigo sosteniendo porque un día lo elegí?

No necesitas responderlo todo hoy. Algunas respuestas necesitan silencio, tiempo y más de una taza de café. Pero cuando llegue la tuya, recuerda:

“No todo lo que costó mucho merece seguir costándonos”.

Hasta el próximo café.
Y mientras llega, no olvides reservar una taza para ti

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