¿Y si hoy no hago nada extraordinario?
Hay días en los que una mujer puede despertar sin ninguna tragedia y, aun así, sentir que algo está mal. No perdió el trabajo, no recibió malas noticias, nadie está enfermo… simplemente no está produciendo. No terminó el artículo, no avanzó el proyecto, no respondió todos los mensajes, no hizo ejercicio, no resolvió aquel pendiente, no fue especialmente eficiente, brillante ni indispensable.
Y entonces aparece una sensación extraña: culpa.
Como si un día tranquilo fuera un día desperdiciado, como si descansar necesitara justificación, como si para merecer una tarde en paz primero tuviéramos que terminar absolutamente todo… spoiler: absolutamente todo nunca se termina. Siempre habrá otro correo, otra meta, otra responsabilidad, otra persona que necesite algo y, para las mujeres que hemos aprendido a construir nuestra identidad alrededor de lo que hacemos, detenernos puede resultar mucho más difícil que trabajar.
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He pensado últimamente que durante años he vivido rodeada de metas: la siguiente clase, el siguiente proyecto, el siguiente artículo, algo que corregir, algo que aprender, algo que demostrar, algo que mejorar. Y no reniego de ello, me gusta construir, me gusta sentir que avanzo, me gusta entusiasmarme con algo nuevo.
Pero últimamente comienzo a sospechar que existe una diferencia enorme entre tener una vida productiva y necesitar producir para sentir que nuestra vida tiene valor. Ahí cambia todo, porque entonces descansar provoca culpa; decir que “no” parece egoísmo, una tarde sin hacer nada se siente desperdiciada.

Y hasta las cosas que deberían darnos placer terminan convertidas en tareas: hay que caminar tantos pasos, leer tantos libros, conocer tantos lugares, aprovechar las vacaciones, tener una relación maravillosa, ver a los amigos, comer saludable, dormir ocho horas y, por supuesto, ser felices.
Hasta el bienestar puede convertirse en otra meta que cumplir y… ¡qué agotador!
Apuntes entre Mujeres
Nuestra época ha convertido la productividad en una poderosa medida de reconocimiento social. Particularmente, para muchas mujeres profesionistas, la independencia, la preparación y el logro representan conquistas que generaciones anteriores no tuvieron en las mismas condiciones. Y eso merece celebrarse.
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El problema comienza cuando la identidad queda demasiado ligada al desempeño, cuando dejamos de decir “hice algo bien” y empezamos a pensar “valgo porque hago las cosas bien”. La diferencia parece pequeña, pero no lo es.
Los estudios de Kristin Neff (2003) sobre autocompasión proponen algo interesante: tratarnos frente al error, la dificultad o nuestras propias limitaciones con la misma comprensión que ofreceríamos a otra persona, en lugar de recurrir permanentemente a la autocrítica.
Quizá ahí tenemos una pista, porque algunas mujeres sabemos perfectamente cómo trabajar, cuidar, estudiar, resolver y alcanzar metas, pero estamos aprendiendo apenas ahora algo aparentemente mucho más sencillo: Estar.
Lo que escuché entre nosotras
Tal vez necesitamos recuperar algunas cosas deliciosamente improductivas: tomarnos un café sin contestar mensajes, caminar sin contar pasos, leer algo que jamás vamos a citar, ponernos bonitas sin tener ningún lugar importante adonde ir, conversar sin convertir la conversación en networking, comprar esa pequeña cosa que llevamos meses diciendo “después”.
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Ir solas a algún lugar, pedir el postre, escuchar una canción completa, hacer eso que nos da un poquito de miedo y mucha curiosidad, sentarnos, reír, dormir, incluso aburrirnos; porque aquí aparece una pregunta incómoda:
¿Quién eres cuando nadie necesita nada de ti?
No tu cargo, no tu currículum, no tus títulos; no la madre, la esposa, la hija, la profesora, la empresaria, la directora, la cuidadora o la mujer que siempre encuentra una solución, Simplemtente Tú, la mujer que queda cuando por un momento dejamos todos esos papeles sobre la mesa.
Quizá hemos pasado tantos años construyendo nuestra vida que olvidamos que también tenemos derecho a habitarla.

Y habitar una vida significa algo más que administrarla eficientemente, significa disfrutarla.
Una pequeña rebelión: 30 papelitos
Se me ocurre proponerte algo: busca un frasco, una taza bonita, una cajita o cualquier recipiente que tengas cerca y escribe 30 cosas que disfrutas en pequeños papelitos. No tienen que ser grandes experiencias, al contrario: un café a solas, una sobremesa sin prisa, comprarte flores, ponerte ese vestido que guardas “para una ocasión”, ir al cine sola, comerte algo que te encanta, llamar a una amiga, caminar escuchando música, darte un pequeño gusto, volver a algún lugar que amas o hacer algo que llevas tiempo queriendo probar. Y entre esos treinta, coloca también uno o dos papelitos que te provoquen cierto cosquilleo: eso que nunca has hecho sola, eso que siempre pospones o aquello que no te has atrevido a intentar.
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Cada mañana saca uno y, si puedes, hazlo; sin convertirlo —por favor— en otra obligación que cumplir perfectamente. Si ese día no se puede, vuelve a meter el papelito y seguimos con nuestra vida; la idea no es completar treinta tareas, es recordar treinta maneras de disfrutarla.
Tal vez al terminar el mes descubramos algo interesante: no necesitábamos unas vacaciones extraordinarias, una transformación radical ni una nueva versión de nosotras mismas… necesitábamos volver a prestar atención a las pequeñas cosas que nos hacen sentir vivas.
Y cuando aparezca esa vocecita diciendo “deberías estar haciendo algo productivo”, podemos responderle: “Estoy haciendo algo. Estoy viviendo”.
Último Sorbo
He comenzado a pensar que quizá la vida no debería medirse solamente por todo aquello que conseguimos hacer caber dentro de ella, sino también por los momentos en los que estuvimos verdaderamente presentes para vivirla.
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Así que hoy no quiero preguntarte cuál es tu siguiente meta. Quiero preguntarte algo mucho más difícil:
¿Sabes qué cosas disfrutas cuando no tienes que complacer, demostrar ni producir para nadie?
Si tardas un poco en encontrar treinta, quizá ahí tenemos algo interesante que descubrir.
Empieza por una… mañana sacamos otro papelito.
Porque no vinimos solamente a construir una vida extraordinaria, también vinimos a estar presentes para vivirla.
Hasta el próximo café.
Y mientras llega, no olvides reservar una taza para ti.
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