La magia de las cosas ordinarias

Cuéntalas - María Elena Ortega

Hoy por la mañana el reloj del viejo estéreo volvió a agonizar. Pensé en lo fácil que sería desconectarlo y ya dejarlo morir. Ponerlo a tiempo se había vuelto una tarea complicada. Cuando trato de arreglarlo, en lugar de accionarse en modo reloj, se enciende la radio enmarañada en un sinfín de sonidos ruidosos. Intentarlo otra vez sólo provoca que el carrusel de cedes gire y gire sin parar hasta que encuentra alguno.

Un día, sin pedírselo, el estéreo reprodujo “La traviata”. María Callas interpretaba el aria: “Adiós, felices sueños del pasado”. De nuevo quise componer el reloj, y el aparato en su rebeldía abrió la tapa de la casetera. Juan Gabriel salió del escondite. Presioné play para escucharlo: “Aunque malgastes el tiempo sin mi cariño, y aunque no quieras este amor que …” No pudo terminar la estrofa: la casetera se lo tragó.

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En ese momento creí que ya tenía que deshacerme del vejestorio. Empecé a desmontarlo, pero la tornamesa todavía tenía puesto un disco de vinilo. Pensé que tenía que escucharlo a modo de despedida. Pulsé todos los botones para que el estéreo eligiera con cual hacerlo funcionar.

Después de varios intentos se movió el vinil. Puse suavemente el brazo sobre el disco; una sinfonía de violines voló por toda la casa y la nostalgia me abrazó junto la cálida belleza del ocaso. Decidí no dejarlo morir.

Tampoco me desharía de la cámara fotográfica; ni del reproductor de DVD; y mucho menos de la máquina de escribir.

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