Cuando todas ven lo capaz que eres, menos tú

Café para Mujeres que Construyen - Ruth Alcántara

Ana, una brillante médica urgencióloga. Ella está acostumbrada a tomar decisiones cuando otros apenas están intentando comprender qué sucede, tiene conocimiento, experiencia y una habilidad que poco a poco ha comenzado a descubrir: enseñar. Cuando capacita en primeros auxilios algo ocurre: explica, transmite y conecta. Frente a ella existe incluso la posibilidad de convertir ese conocimiento en un proyecto de emprendimiento propio. Desde fuera parece evidente que tiene grandes posibilidades de éxito, pero desde dentro de ella misma, no tanto.

Ana esta sus treintas, mira la competencia y se pregunta si sabe suficiente, si otros estarán mejor preparados, si debería aprender un poco más antes de intentarlo. Se exige mucho y el perfeccionismo, que tantas veces la ha llevado a hacer bien las cosas, también puede convertirse en el argumento perfecto para no sentirse todavía lista.

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La paradoja es fascinante: una mujer preparada puede tener frente a sí una oportunidad y seguir preguntándose si realmente tiene derecho a ocuparla.

Mary en sus veintes, vive algo parecido desde otro momento de la vida. Es una joven mercadóloga y en los empleos que ha tenido, ha dejado evidencia de ser responsable, brillante y con iniciativa; ahora comienza una oportunidad académica de posgrado en una universidad prestigiosa. Podría mirar esa invitación como evidencia de su capacidad; sin embargo, aparecen otras preguntas: ¿podré?, ¿daré el ancho?, ¿qué esperan de mí?, ¿qué pensarán los demás si no lo hago perfecto?

Y mientras las escucho descubro algo incómodo: a mis cincuentas yo tampoco estoy fuera de esta historia, también me comparo y siento que debería prepararme más. He acumulado años de trabajo, estudio y experiencia y, aun así, también me comparo, también pienso que necesito saber más, prepararme más, hacer más; porque siempre parece existir alguien que sabe más, publica más, logra más o avanza más rápido que yo.

Hay logros que disfruto apenas unos pocos minutos antes de comenzar a pensar en lo siguiente que tendría que hacer mejor y, a veces, incluso con años de experiencia, sigo preguntándome si doy el ancho…

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Tres mujeres, tres generaciones y trayectorias distintas; pero la misma duda: ¿De verdad soy tan capaz como los demás creen?

Apuntes entre Mujeres

En 1978, las psicólogas Pauline Clance y Suzanne Imes estudiaron a mujeres con importantes logros profesionales y académicos que, pese a la evidencia objetiva de su competencia, tenían dificultades para reconocer internamente sus propios méritos, lo denominaron impostor phenomenon, mejor conocido como Síndrome del Impostor.

Este síndrome no es necesariamente falta de autoestima ni significa carecer de capacidad. Una de sus características es precisamente la contradicción entre la evidencia externa—logros, preparación, reconocimiento— y la interpretación interna: “tuve suerte”, “me ayudaron”, “todavía no sé suficiente” o “en cualquier momento descubrirán que no soy tan buena”.

Y aquí aparece algo que me interesa especialmente: el perfeccionismo puede disfrazarse de responsabilidad. A veces pensamos y nos decimos: “necesito prepararme un poco más”, “cuando tenga más experiencia”, “cuando termine otro curso” o “cuando esté completamente segura”.

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Claro que prepararse es valioso, pero quizá deberíamos aprender a reconocer cuándo seguimos preparándonos porque lo necesitamos y cuándo lo hacemos porque nos da miedo ocupar un lugar para el que ya estamos preparadas.

Lo que escuché entre nosotras

Al conversar con estas mujeres entendí que el síndrome de la impostora no siempre grita, a veces susurra, se esconde detrás de una comparación, de una oportunidad que postergamos, de la necesidad de hacerlo perfecto, de un “todavía no estoy lista” y, quizá por eso resulta tan difícil reconocerlo.

Ana no necesita convertirse en otra médica para comenzar a explorar su capacidad para enseñar, Mary no necesita saber todo antes de entrar a un salón y yo, probablemente no necesito demostrar una vez más que merezco los espacios que he construido.

Y entre las tres también aparecieron algunos pequeños recordatorios que quizá valga la pena compartir con ustedes:

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Cuando esa voz llegue, podemos hacer algo muy nuestro: buscar evidencia antes de creerle, recordar lo que ya hemos aprendido y dejar de usar la trayectoria de otra persona como regla para medir la nuestra. También podemos aceptar un cumplido con un simple “gracias” —sin explicar inmediatamente por qué no lo merecemos tanto— esto también puede ser un pequeño acto de rebeldía.

 Y quizá el mejor truco sea preguntarnos: “si esta historia fuera la de una amiga, ¿le dirías que todavía no está lista?”.  Porque somos curiosamente generosas para reconocer el talento de otros y terriblemente exigentes cuando se trata del propio. Tal vez podamos empezar a tratarnos un poquito más como nos trataríamos entre amigas, tal vez ninguna necesite esperar a sentirse completamente segura, porque la seguridad absoluta rara vez llega antes de empezar.

Último Sorbo

Hay una diferencia enorme entre preguntarnos “¿qué me falta aprender?” y preguntarnos constantemente “¿qué me falta para ser suficiente?”. La primera pregunta nos hace crecer, la segunda puede mantenernos toda la vida intentando aprobar un examen que nadie nos pidió presentar.

Así que hoy quiero dejarte una pregunta junto a tu café: ¿Qué harías si dejaras de esperar a sentirte suficientemente buena para comenzar?

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Quizá no necesitas otra credencial, otro reconocimiento ni la aprobación de alguien más; quizá solo necesitas empezar a mirar tu historia como la mirarías si fuera la historia de otra mujer. Porque probablemente entonces también tú podrías verlo: no llegaste hasta aquí por accidente.

Hasta el próximo café.

Y mientras llega, no olvides reservar una taza para ti.

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