¿Cuándo dejé de sorprenderme de mí?

Café para Mujeres que Construyen - Ruth Alcántara

La extraña costumbre de llegar a una meta y moverla inmediatamente un poco más lejos

Hace poco, en una de esas conversaciones que comienzan hablando de cualquier cosa y terminan dejándonos pensando durante varios días, alguien me hizo mirar mi vida desde afuera. Hablábamos de trabajo, proyectos, decisiones y de lo que quiero para los próximos años. Hasta que me escuché y me di cuenta de algo que me incomodó un poco: “¡Ya casi no me sorprendo de lo que logro!”

Si algo sale bien, lo tomo como algo natural. Trabajé para ello, me preparé, lo resolví… siguiente. En cambio, cuando algo no sale como quiero, ahí sí me detengo. Me enojo, le doy vueltas, pienso qué falló o qué pude haber hecho diferente.

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Qué curioso. Puedo dedicar horas a analizar aquello que no conseguí y apenas unos minutos a reconocer lo que sí. Quizá no he dejado de valorar mi vida. Tal vez simplemente me acostumbré a una versión de mí que hace algunos años me habría parecido extraordinaria.

Apuntes entre Mujeres

La psicología tiene un concepto interesante para explicar parte de esto: la “adaptación hedónica”.

Tendemos a acostumbrarnos a los cambios de nuestra vida, incluso a los positivos. Aquello que inicialmente nos emociona termina incorporándose a nuestra normalidad.

Quizá por eso algunas conquistas que antes imaginábamos enormes dejan de parecernos extraordinarias cuando vivimos dentro de ellas: el título, el trabajo, el reconocimiento, la independencia, aquel viaje, un proyecto que finalmente funcionó. Llegan, nos emocionamos y, poco después, aparece una nueva meta.

No creo que querer más sea el problema. A mí me sigue emocionando tener proyectos, aprender, viajar y preguntarme qué viene después. La ambición también puede ser una maravillosa forma de estar vivas. El problema aparece cuando la siguiente meta nos impide reconocer la llegada a la anterior.

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Lo que a veces olvidamos mirar

Porque detrás de muchas de las cosas que hoy considero “normales” hubo un costo: años de estudio, trabajo, decisiones difíciles, dinero invertido, oportunidades aprovechadas y otras que dejé pasar. También han existido errores, miedos y momentos en los que seguí adelante sin ninguna certeza de que aquello fuera a funcionar.

El costo ha sido alto. No lo digo con tristeza ni como reclamo. Lo digo porque también merece ser reconocido.

Quizá uno de los efectos de construir una vida durante muchos años es que terminamos viviendo dentro de aquello que antes observábamos desde lejos. Y entonces deja de parecernos extraordinario.

También he descubierto que los demás pueden mirarnos de manera muy distinta a como nosotras nos vemos.

Ven seguridad donde conocemos nuestras dudas, ven independencia sin saber cuánto costó construirla, ven títulos, proyectos, experiencia, decisiones, una vida aparentemente resuelta.

Y nos admiran. Pero la admiración tiene una paradoja: a veces acerca y otras veces pone distancia.

Frente a una mujer que parece tener una vida muy construida, algunas personas quizá se preguntan dónde podrían caber. Tal vez desde afuera parece que no necesitamos nada, pero no necesitar que alguien venga a rescatarnos no significa no querer que alguien nos acompañe.

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Podemos ser independientes y querer compañía, resolver nuestra vida y disfrutar que alguien cuide de nosotras, tener una trayectoria sólida y seguir queriendo complicidad, ternura y nuevas historias. No necesitamos hacernos más pequeñas para que alguien se atreva a acercarse.

Podemos estar orgullosas de lo construido y conservar espacio para compartir lo que todavía falta por construir.

Un pequeño ritual: el frasco de lo extraordinario

Busca un frasco, una taza bonita o una cajita y déjalo donde en un lugar visible.

Cada vez que ocurra algo que normalmente darías por hecho, escríbelo en un papelito: terminé algo que me costaba, me felicitaron por mi trabajo; resolví algo que hace años no habría sabido resolver; me atreví a hacer algo que me daba miedo, hoy me gustó la mujer que vi en el espejo”.

Dóblalo y guárdalo. Pero hay una regla: no escribas aquello por lo que estás agradecida. Escribe aquello que no quieres volver a normalizar de ti. Una vez al mes, prepara un café y abre algunos. No los evalúes. No pienses inmediatamente qué sigue. Y, por favor, no hagas un tablero de indicadores con ellos.

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Sólo léelos y permítete decir: “¡Mira tú! Esto también lo hice yo.”

Último Sorbo

No quiero dejar de querer más. Quiero seguir teniendo proyectos, curiosidad, viajes pendientes y razones para emocionarme. Lo que no quiero es comportarme como si todo lo que ya conseguí hubiera sido fácil.

Quizá necesito recuperar algo que fui perdiendo mientras avanzaba: la capacidad de sorprenderme de mí. De mirar lo conseguido y recordar que hubo una mujer que todavía no sabía si podría hacerlo. Ella habría celebrado muchísimo algunas de las cosas que hoy considero normales.

Así que hoy no voy a preguntarte qué sigue. Voy a preguntarte: ¿Cuándo fue la última vez que algo que lograste te hizo sentir genuinamente orgullosa de ti?

Sigamos soñando y queriendo más, pero sin volver invisible todo aquello que ya construimos.
¡No dejemos de sorprendernos por todo lo que nos costó llegar hasta aquí!

Hasta el próximo café.
Y mientras llega, no olvides reservar una taza para ti.

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