Mujeres migrantes llegan a la vejez con más enfermedades y desigualdad: UNAM

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Mujeres migrantes tienen una realidad diferente frente a los hombres, su vejez tiene repercusión de mayores enfermedades y desigualdad.

Migrar en busca de mejores oportunidades no siempre termina con una vida más estable, para miles de mujeres mexicanas que trabajaron en Estados Unidos, el regreso al país puede significar enfrentar la vejez con problemas de salud, pocos recursos económicos y una red de apoyo limitada.

De acuerdo con datos de la Encuesta Nacional sobre Salud y Envejecimiento en México (ENASEM) 2021, cerca de un millón de personas de 65 años o más en México declaró haber migrado alguna vez a Estados Unidos por motivos laborales. De ellas, más de 259 mil 900 eran mujeres.

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El panorama revela una brecha importante: 43.9 por ciento de las mujeres migrantes mayores de 65 años presentaba multimorbilidad, es decir, al menos dos enfermedades crónicas, frente al 40.3 por ciento de las mujeres de la misma edad que no migraron.

La diferencia también aparece entre los hombres, aunque en menor proporción: 31.9 por ciento de los hombres migrantes presentó multimorbilidad, frente al 24.7 por ciento de quienes no migraron.

Para Sebastián Antonio Jiménez Solís, técnico académico del Instituto de Investigaciones Económicas (IIEc) de la UNAM, estos datos muestran que las mujeres migrantes llegan a la vejez en condiciones de salud desfavorables, por lo que es necesario revisar las condiciones en las que desarrollaron sus trayectorias laborales.

El costo de una vida entre fronteras

Durante la décima sesión del Seminario Permanente “Migración, género y trabajo”, Jiménez Solís señaló que no basta con conocer cuántas mujeres migraron. También es necesario analizar en qué sectores trabajaron, si tuvieron seguridad social, qué acceso tuvieron a servicios médicos y bajo qué condiciones regresaron a México.

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La ENASEM revela además que 29.9 por ciento de las mujeres migrantes mayores de 65 años presenta dependencia funcional, lo que significa que requieren asistencia o apoyo para realizar determinadas actividades. Entre las mujeres que no migraron, la proporción fue de 26.8 por ciento.

En los hombres también existe una diferencia: 19.4 por ciento de los migrantes presenta dependencia funcional, frente al 15.1 por ciento de los no migrantes.

La desigualdad tampoco termina en la salud. El 45.9 por ciento de las mujeres migrantes mayores de 65 años son viudas, mientras que 77.2 por ciento prefiere vivir en zonas urbanas, principalmente para mantenerse cerca de hijos y nietos y participar en tareas de cuidado.

En contraste, 73.8 por ciento de los hombres migrantes de este grupo de edad está casado o vive en unión libre, mientras que 65.6 por ciento reside en zonas urbanas.

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Migrar por necesidad, regresar con carencias

La investigadora del IIEc, Erika Martínez López, explicó que la migración femenina está relacionada con factores como la pobreza, el desempleo y la necesidad de contribuir económicamente al hogar.

La migración de las mujeres, señaló, ya no puede entenderse únicamente como acompañamiento de una pareja o familiar. Muchas mujeres migraron siendo jóvenes y en edad reproductiva, con el objetivo de trabajar, enviar dinero a sus familias y cubrir necesidades económicas.

En algunos casos, llegaron a desempeñar dos o tres empleos para poder sostenerse y enviar recursos a México.

Sin embargo, ese esfuerzo puede tener consecuencias décadas después.

Al retornar, algunas mujeres enfrentan multimorbilidad, soledad, pocos recursos económicos y ausencia de un patrimonio o negocio propio, una situación que puede dificultar todavía más su proceso de envejecimiento.

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Martínez López cuestionó, en este contexto, si existen suficientes programas sociales y políticas públicas para acompañar el retorno de las mujeres migrantes mayores, de manera que no tengan que enfrentar nuevamente condiciones de vulnerabilidad.

¿Quiénes tienen más probabilidades de haber migrado?

El análisis también identifica algunos factores asociados con la migración de mujeres mayores de 65 años. Entre ellos aparecen un bajo nivel de escolaridad, vivir en comunidades rurales y formar parte de hogares donde conviven varias generaciones.

Para Daniela Castro Alquicira, doctora en Economía y moderadora del seminario, la migración tampoco puede entenderse como una experiencia uniforme.

La duración de la estancia, el país de destino, el tipo de empleo, las condiciones de retorno y las razones para regresar pueden cambiar completamente la experiencia de cada persona.

En el caso de las mujeres mayores, el retorno puede estar relacionado con enfermedades, necesidad de cuidados o condiciones propias del envejecimiento.

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Los datos plantean así una problemática que va más allá de la migración: qué ocurre con las mujeres después de pasar décadas trabajando, enviando recursos y sosteniendo a sus familias cuando finalmente regresan a casa.

Para miles de ellas, el retorno no necesariamente significa llegar a una etapa de tranquilidad, sino enfrentar una vejez marcada por enfermedades crónicas, dependencia, viudez y precariedad económica.

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