Mujeres de Consuelo: por qué Japón aún tiene una deuda histórica
La violencia sexual se ha usado en conflictos desde siempre, creando estigma y dolor a quienes la padecen, en la Segunda Guerra Mundial, Japón realizó actos que dieron lugar a las mujeres de consuelo.
Durante décadas, miles de mujeres en Asia cargaron en silencio con una de las formas más graves de violencia sexual utilizada durante un conflicto armado. Son conocidas como las “Mujeres de Consuelo”, un término utilizado para referirse a las mujeres y niñas sometidas al sistema de esclavitud sexual establecido y controlado por el Ejército Imperial Japonés antes y durante la Segunda Guerra Mundial.
La cifra más citada por organismos internacionales es de hasta 200 mil víctimas, aunque no existe un registro definitivo que permita establecer un número exacto. Las mujeres procedían de distintos territorios de Asia y el Pacífico, entre ellos Corea, China, Filipinas, Taiwán, Indonesia, Malasia y Timor-Leste, además de víctimas de otras nacionalidades. La propia ONU ha señalado que la documentación sobre algunas de estas víctimas sigue siendo incompleta.
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No fueron trabajadoras sexuales: hubo coerción, violencia y esclavitud
El término “Mujeres de Consuelo” puede resultar engañoso porque suaviza la naturaleza de lo ocurrido. Investigaciones y organismos de derechos humanos de Naciones Unidas han documentado que muchas mujeres fueron engañadas, traficadas, secuestradas, coaccionadas o sometidas mediante amenazas e intimidación, y posteriormente obligadas a mantener relaciones sexuales con soldados.

El Comité de Derechos Humanos de la ONU ha señalado que la contratación, el traslado y la administración de mujeres en las llamadas “estaciones de consuelo” se produjeron, en numerosos casos, contra su voluntad y mediante coerción o intimidación vinculada con el ejército japonés.
El organismo consideró que estos actos constituían violaciones de derechos humanos y pidió investigaciones, reparación, acceso a la justicia, divulgación de documentos y un reconocimiento oficial de responsabilidad.
La magnitud del sistema también ha sido reconocida en documentos de Naciones Unidas, que hablan de más de 200 mil mujeres y niñas sometidas a esclavitud sexual en distintos puntos de Asia durante la guerra.
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El daño no terminó con la guerra
Para muchas sobrevivientes, la violencia continuó durante décadas, aunque los soldados abandonaran los territorios ocupados.
Las consecuencias fueron físicas, psicológicas, económicas y sociales. Documentos de Naciones Unidas han recogido testimonios y evaluaciones que señalan problemas de salud asociados con el trauma, dificultades para llevar una vida normal y necesidades de atención médica y psicológica que persisten incluso en la vejez.
A esto se sumó uno de los efectos más difíciles de medir: el estigma social.
En sociedades donde la sexualidad femenina estaba fuertemente vinculada al honor familiar, muchas sobrevivientes tuvieron que guardar silencio durante años por miedo al rechazo, la discriminación o la vergüenza. La violencia que habían sufrido podía convertirse, paradójicamente, en un motivo para ser señaladas por sus propias comunidades.
Ese silencio también tuvo consecuencias económicas. Algunas sobrevivientes regresaron a sus lugares de origen sin recursos, con problemas de salud y con dificultades para reconstruir sus vidas.

Naciones Unidas ha documentado que los efectos prolongados del trauma y la falta de reparación han dejado a sobrevivientes con necesidades médicas, psicológicas y sociales específicas.
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La maternidad también fue una de las víctimas
El sistema produjo consecuencias sobre la salud reproductiva de las mujeres. Los testimonios y documentos internacionales describen casos de embarazos forzados, abortos, lesiones y problemas que afectaron posteriormente la posibilidad de tener hijos.
En 2025, Naciones Unidas citó el caso de una sobreviviente china que relató que las agresiones sexuales sufridas durante su adolescencia tuvieron consecuencias duraderas, entre ellas problemas que le impidieron llevar una vida normal y tener hijos.
Por eso, hablar de las Mujeres de Consuelo no significa solamente hablar de lo que ocurrió durante la guerra. Significa hablar de décadas de consecuencias que sobrevivieron al conflicto.
¿Por qué es importante que Japón reconozca plenamente lo ocurrido?
Porque reconocer una violación de derechos humanos no es lo mismo que simplemente expresar pesar por ella.
Para las sobrevivientes y organismos internacionales, el reconocimiento debe estar acompañado de verdad, memoria, justicia, reparación y garantías de no repetición.
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El Comité para la Eliminación de la Discriminación contra la Mujer de la ONU ha cuestionado que las medidas adoptadas por Japón no hayan tenido siempre un enfoque centrado en las víctimas y ha pedido una solución que acepte la responsabilidad por las violaciones cometidas por el ejército japonés, además de incluir a sobrevivientes de todas las nacionalidades.
La ONU también ha advertido que, mientras las sobrevivientes no tengan plenamente garantizados sus derechos a justicia y reparación, las consecuencias de estas violaciones continúan teniendo una dimensión presente.
Una disputa que sigue abierta
Japón ha reconocido determinados aspectos del sistema y en 1993 emitió la Declaración Kono, en la que reconoció la participación de autoridades militares y expresó disculpas y arrepentimiento. También creó en 1995 el Asian Women’s Fund, que otorgó apoyos financiados principalmente mediante donaciones privadas.
Sin embargo, organismos de Naciones Unidas han considerado insuficientes esas medidas, entre otras razones porque muchas sobrevivientes no recibieron una reparación que consideraran adecuada y porque persistieron las disputas sobre el alcance de la responsabilidad legal del Estado japonés.
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El gobierno japonés, por su parte, ha cuestionado algunas cifras y afirmaciones sobre la existencia de una política de deportación forzosa de mujeres por parte del Estado o el ejército, por lo que la interpretación histórica y jurídica del caso continúa siendo objeto de controversia.
Precisamente por eso, la exigencia de reconocimiento no debería reducirse a una disputa entre gobiernos de Japón, Corea, China o Filipinas. El punto central son las víctimas y su derecho a la verdad.
Reconocerlas también es proteger la memoria
Las sobrevivientes son cada vez menos. En la década de 1990 se contabilizaban alrededor de 1,160 sobrevivientes conocidas, mientras que en la actualidad quedan pocas, de acuerdo con Naciones Unidas.
El paso del tiempo hace que la discusión sea todavía más urgente: cuando muere una sobreviviente, desaparece también un testimonio directo de uno de los episodios más dolorosos de la historia del siglo XX.

Reconocer plenamente a las Mujeres de Consuelo significa, por tanto, devolverles dignidad a quienes fueron despojadas de ella, preservar sus testimonios y establecer con claridad que la violencia sexual contra mujeres durante una guerra no puede ser normalizada, minimizada ni utilizada como una herramienta militar.
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También significa dejar una lección para el presente: los crímenes cometidos durante una guerra no desaparecen cuando termina el conflicto. Sus consecuencias pueden permanecer durante generaciones, y la reparación histórica comienza cuando las víctimas dejan de ser tratadas como una nota al margen de la historia.
Para las sobrevivientes, el reconocimiento no puede cambiar lo que ocurrió. Pero sí puede impedir que sus historias sean negadas, distorsionadas u olvidadas.
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