Ser mujer y racializada: una doble desigualdad

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Las mujeres racializadas históricamente discriminadas han impulsado una conversación cada vez más presente en el feminismo: reconocer que no todas enfrentan las mismas formas de violencia y desigualdad.

A lo largo de los años, el feminismo puso sobre la mesa temas cruciales como el derecho al voto, la educación, el trabajo o la autonomía sobre el propio cuerpo. No obstante, con el paso del tiempo surgió una pregunta que cambió el rumbo de la conversación: ¿todas las mujeres viven las mismas experiencias solo por ser mujeres?

La respuesta fue no.

Mientras algunas enfrentan discriminación por cuestiones de género, otras también deben lidiar con el racismo, el clasismo, la discriminación por hablar una lengua indígena, por su origen étnico o por ser migrantes. Esas experiencias muestran que las desigualdades no actúan de manera aislada, sino que se entrelazan y pueden profundizar las condiciones de violencia, pobreza o exclusión.

Cuando el género no es la única barrera

De ahí surge el concepto de mujeres racializadas, utilizado para llamar a quienes, además de enfrentar desigualdad por ser mujeres, han sido colocadas en posiciones de desventaja debido a características como el color de piel, la pertenencia a un pueblo indígena o afrodescendiente, su nacionalidad o su identidad cultural.

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Más que describir una característica física, el término habla de un proceso social: el de asignar estereotipos, limitar oportunidades o ejercer discriminación a partir del origen o la apariencia de una persona.

En México, por ejemplo, se ha evidenciado que las mujeres indígenas y afromexicanas enfrentan mayores obstáculos para acceder a servicios de salud, educación, empleo digno y justicia. A ello se suma que muchas viven violencia de género en contextos donde también existen desigualdades económicas, territoriales y lingüísticas, lo que dificulta denunciar o recibir atención.

Escuchar otras voces también transforma el feminismo

Las mujeres racializadas han impulsado debates que después de mucho tiempo permanecieron al margen del movimiento feminista. Apuntan que no basta con hablar de igualdad entre hombres y mujeres si no se reconoce que existen realidades profundamente distintas entre las propias mujeres.

Sus luchas han puesto sobre la mesa temas como la defensa del territorio, la preservación de las lenguas originarias, el acceso a la tierra, la violencia ejercida contra defensoras comunitarias, el desplazamiento forzado y el impacto que tiene el racismo y la discriminación en la vida cotidiana.

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Esta mirada no busca segmentar el feminismo, sino ampliarlo. Reconocer que las desigualdades tienen múltiples causas permite construir respuestas más incluyentes y entender que la igualdad solo puede alcanzarse cuando ninguna mujer queda fuera de la conversación.

En un marco en el que los discursos de derechos de las mujeres continúan evolucionando, escuchar a las mujeres racializadas también simboliza cuestionar quiénes han contado la historia, quiénes han sido escuchadas y quiénes todavía esperan que sus experiencias sean reconocidas.

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