Mujeres y religión: cuando el cuerpo de ellas se convierte en una cuestión de control

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Durante mucho tiempo, hablar de una mujer también significó hablar de su relación con un hombre, de su capacidad para tener hijos o del papel que debía cumplir dentro de una familia. En distintas sociedades, estas ideas encontraron respaldo en costumbres, leyes y también en interpretaciones religiosas que colocaron a las mujeres en una posición de menor autonomía.

Esto no significa que todas las religiones ni todas las personas creyentes compartan la misma visión sobre las mujeres. De hecho, existen comunidades religiosas que han impulsado cambios a favor de la igualdad. El problema es cuando una interpretación de la fe se utiliza para decidir sobre la vida, el cuerpo y las decisiones de las mujeres.

Esposa, madre y poco más

La idea de que el principal destino de una mujer es casarse y tener hijos no nació de una sola religión. Ha aparecido, con diferentes formas, en distintas sociedades.

El matrimonio, además de ser una relación personal, durante siglos también estuvo relacionado con cuestiones económicas, familiares y de poder. En algunos contextos, las mujeres eran casadas para establecer alianzas entre familias, asegurar propiedades o garantizar descendencia. Su capacidad para tener hijos podía convertirse así en una parte central de su valor dentro de la familia.

Actualmente, el Fondo de Población de las Naciones Unidas advierten que todavía existen prácticas en las que las mujeres tienen poca capacidad para decidir sobre su propia reproducción. Señala que las normas de género pueden colocar en manos de los hombres decisiones relacionadas con las relaciones íntimas y la vida familiar.

Cuando la maternidad deja de ser una elección

Ser madre puede ser una decisión personal, pero deja de serlo cuando una mujer es presionada para tener hijos, no puede decidir cuándo embarazarse o es juzgada por no querer hacerlo.

El control de la reproducción ha sido una de las formas más claras de limitar la autonomía de las mujeres. UNFPA identifica prácticas como el matrimonio infantil, la mutilación genital femenina y la preferencia por los hijos varones como expresiones de desigualdad de género que también buscan controlar la sexualidad y la fertilidad de niñas y mujeres.

El matrimonio infantil es un ejemplo especialmente claro. Aunque suele justificarse mediante costumbres familiares, sociales o religiosas, UNFPA señala que ninguna de las principales tradiciones religiosas exige el matrimonio infantil. Sin embargo, las interpretaciones religiosas pueden mezclarse con normas sociales que buscan proteger la virginidad de las niñas, controlar su sexualidad o decidir con quién deben casarse.

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¿Y qué tiene que ver la religión?

Aquí es donde la discusión se vuelve más complicada.

Las religiones no existen separadas de las sociedades donde se practican. Sus textos, normas y tradiciones han sido interpretados por personas que también viven dentro de determinadas estructuras sociales. Por eso, algunas interpretaciones religiosas pueden terminar reforzando ideas que ya existían sobre lo que una mujer “debe” hacer.

El problema no está solamente en el texto religioso, sino en quién tiene la autoridad para interpretarlo y cómo esas interpretaciones se convierten en reglas para la vida cotidiana.

UNFPA ha documentado precisamente esta relación entre religión, derechos de las mujeres y salud reproductiva. Su análisis sobre distintas tradiciones religiosas muestra que existen tanto argumentos utilizados para restringir derechos como interpretaciones y movimientos de fe que defienden la igualdad y los derechos sexuales y reproductivos.

Cuando una mujer vale por lo que puede dar

Si una sociedad considera que una mujer vale principalmente por ser esposa, madre o encargada de cuidar a su familia, su individualidad queda en segundo plano.

Su cuerpo deja de verse únicamente como suyo y comienza a ser tratado como algo que debe cumplir una función: conservar la “pureza”, tener hijos, darle descendencia a un hombre o mantener un determinado modelo familiar.

Esto también puede aparecer en decisiones aparentemente privadas. La presión para tener un hijo varón, por ejemplo, puede llevar a las mujeres a enfrentar embarazos no deseados, violencia o presiones sobre el uso de anticonceptivos. UNFPA relaciona la preferencia por los hijos hombres con una mayor presión sobre la fertilidad y con afectaciones a la autonomía corporal de las mujeres.

No todas las mujeres creyentes viven la religión de la misma manera

También sería injusto hablar de las mujeres religiosas únicamente como víctimas.

Hay mujeres que encuentran en su fe una parte importante de su identidad, de su comunidad y de su forma de entender el mundo. También existen mujeres creyentes que cuestionan desde dentro las interpretaciones que las sitúan en una posición de inferioridad.

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La propia ONU ha documentado el trabajo de líderes religiosos que participan en acciones contra el matrimonio infantil, la violencia de género y otras prácticas dañinas. En algunos lugares, líderes religiosos han utilizado su influencia para hablar sobre salud reproductiva, educación y respeto hacia las mujeres y niñas.

El problema comienza cuando la fe decide por ellas

La discusión, entonces, no tendría que ser si la religión es “buena” o “mala” para las mujeres. La pregunta es otra: ¿qué pasa cuando una creencia se utiliza para quitarle a una mujer la posibilidad de decidir sobre su propia vida?

Creer en algo no debería significar dejar de tener autonomía. Una mujer puede decidir casarse, tener hijos, dedicarse a su familia o vivir de acuerdo con su religión, siempre que esas decisiones sean realmente suyas.

El problema aparece cuando esas mismas opciones dejan de ser elecciones y se convierten en obligaciones.

Recordemos que una mujer no debería ser valorada por lo que puede producir, por la familia a la que pertenece ni por los hijos que puede tener. Antes que esposa, madre o creyente, es una persona. Y decidir sobre su cuerpo, su vida y su futuro también debería formar parte de esa condición.

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