¿El equipo perdió? La violencia no es pasión

Familia y BienestarMéxico

El fútbol suele transformarse en un factor de riesgo social cuando los resultados en la cancha desencadenan conductas agresivas y focos de violencia dentro del entorno familiar.

Estudios de psicología social y género realizados por el Centro de Investigaciones y Estudios de Género (CIEG) de la UNAM demuestran que los índices de reportes por agresiones físicas y verbales en los hogares se elevan de manera significativa cuando un equipo de alta popularidad pierde un partido crucial.

De acuerdo con el Banco Interamericano de Desarrollo (BID) y colectivos de monitoreo en México, las agresiones y la violencia de pareja incrementa hasta un 30% durante los días de jornadas futbolísticas de alta convocatoria.

Este repunte se refleja de manera directa en el repunte de llamadas de emergencia al 911 por violencia familiar, las cuales se concentran principalmente durante las dos horas posteriores al silbatazo final del partido.

Esta problemática evidencia una preocupante falta de gestión emocional en un sector de la población masculina, donde la frustración deportiva se canaliza erróneamente mediante la imposición de la fuerza.

Especialistas de la Asociación Mexicana de Psiquiatría y terapeutas de la Facultad de Psicología de la UNAM señalan que la cultura del fanatismo extremo a menudo normaliza conductas tóxicas, confundiendo el sentido de pertenencia y la lealtad hacia un club con el derecho a ejercer la violencia.

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La urgencia de desvincular el deporte de la agresividad

El núcleo del problema radica en la incapacidad de separar la identidad personal del desempeño de un grupo de atletas profesionales que compiten en un terreno de juego.

Organizaciones como la Red Nacional de Refugios en México y plataformas digitales de monitoreo como el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio (OCNF) advierten que el modelo de masculinidad tradicional asocia el fútbol con el desahogo del enojo, detonando conductas destructivas sobre quienes consideran “inferiores”.

Colectivos civiles como GIRE (Grupo de Información en Reproducción Elegida) y organizaciones de derechos humanos insisten en la necesidad de visibilizar que ningún marcador adverso justifica el miedo, los gritos o los golpes hacia las parejas e hijos.

La construcción de espacios seguros requiere que la sociedad civil y los medios de comunicación promuevan activamente el respeto y dejen de romantizar las reacciones desmedidas bajo el pretexto del “amor a la camiseta”.

Aprender a aceptar la derrota como una posibilidad propia del juego es el primer paso para transformar la cultura deportiva en un verdadero motor de convivencia comunitaria y paz social.

Frente a este escenario, resulta fundamental implementar campañas permanentes de educación emocional y sensibilización ciudadana a través de los medios locales, además de poner a disposición del público líneas de apoyo psicológico inmediato y de libre acceso, con el objetivo de intervenir a tiempo y brindar herramientas de contención antes de que la frustración generada en la cancha se traslade de forma destructiva hacia el núcleo de las familias.

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¿Qué se propone para combatir esta problemática?

Para frenar este aumento de agresiones, diversas organizaciones proponen que los clubes de la Liga MX y la Federación Mexicana de Fútbol asuman una responsabilidad social activa mediante la difusión de campañas de no violencia familiar durante las transmisiones en vivo de los partidos.

Asimismo, se plantea la creación de talleres comunitarios obligatorios sobre “masculinidades corresponsables” y manejo de la ira en escuelas y centros deportivos locales para enseñar a canalizar la frustración.

Otra propuesta clave es el fortalecimiento de los canales de denuncia rápida mediante la promoción de la Línea de la Red Nacional de Refugios y el 911 antes, durante y después de los encuentros deportivos de alta rivalidad.

Finalmente, se busca incentivar que los medios de comunicación eviten narrativas bélicas o un lenguaje agresivo en las crónicas deportivas para no encender los ánimos del público en casa.

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