“¿No que muy empoderada?”: el prejuicio que culpa a mujeres por vivir violencia
El empoderamiento no vuelve invulnerables a las mujeres ni las exime de sufrir manipulación, miedo o abuso.
La frase “¿No que muy empoderada?” suele aparecer cuando una mujer atraviesa una relación violenta, enfrenta una crisis emocional o guarda silencio frente a agresiones. La expresión, repetida en redes sociales, conversaciones cotidianas e incluso espacios laborales, se ha convertido en una forma de desacreditar y ridiculizar a mujeres que, pese a ser independientes, preparadas o visibles públicamente, también pueden ser víctimas de violencia.
El empoderamiento femenino no significa inmunidad emocional, económica o física frente a dinámicas de control, manipulación o agresión.
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La entidad de ONU Mujeres explica que el empoderamiento implica ampliar la capacidad de decisión, autonomía y acceso a derechos de las mujeres, pero reconoce que las desigualdades y violencias estructurales continúan presentes en todos los ámbitos sociales.
La violencia no distingue nivel académico, independencia o discurso feminista
Uno de los errores más comunes alrededor del concepto de “mujer empoderada” es asumir que una mujer fuerte, autónoma o feminista “debería saber defenderse siempre” o “detectaría cualquier agresión a tiempo”.
Especialistas en violencia de género señalan que las dinámicas violentas rara vez comienzan con agresiones evidentes. Muchas veces aparecen de forma gradual mediante manipulación emocional, aislamiento, chantaje, control económico o desgaste psicológico.
Incluso mujeres con independencia económica, liderazgo profesional o formación académica pueden tardar en identificar que viven violencia.
Datos retomados por organismos internacionales muestran que la violencia psicológica continúa siendo una de las formas más frecuentes y menos visibilizadas de agresión contra las mujeres.
Callar tampoco las hace menos
Muchas mujeres no denuncian por miedo, dependencia emocional, amenazas, desgaste mental, temor a perder a sus hijos, precariedad económica o porque no cuentan con redes de apoyo.
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La violencia suele venir acompañada de culpa y aislamiento. Por ello, cuestionar a una víctima con frases como “¿por qué no se fue?”, “¿cómo no se dio cuenta?” o “¿no que muy empoderada?” termina trasladando la responsabilidad hacia quien vive la agresión y no hacia quien la ejerce.
La propia ONU Mujeres sostiene que la violencia contra mujeres y niñas sigue siendo una de las violaciones de derechos humanos más extendidas a nivel mundial.
El mito de la mujer “blindada”
Existe una presión social creciente para que las mujeres “resuelvan todo solas”, incluso dentro de discursos relacionados con independencia o empoderamiento.
Bajo esa lógica, cuando una mujer exitosa, visible o considerada “fuerte” atraviesa violencia, errores o vulnerabilidad, suele recibir burlas o cuestionamientos en lugar de apoyo.
Pero el empoderamiento no elimina emociones humanas como el miedo, el apego, la ansiedad o la confusión. Tampoco garantiza relaciones sanas ni contextos libres de violencia.
Violencia y discriminación siguen siendo una realidad
Las mujeres continúan enfrentando violencia y discriminación incluso en espacios laborales y familiares. Un sondeo realizado para EL PAÍS y W Radio señaló que una de cada tres mexicanas ha sufrido discriminación laboral por ser mujer y que el principal problema identificado por muchas encuestadas sigue siendo la violencia en sus distintas formas.
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Además, informes internacionales han documentado que miles de mujeres en México requieren refugios para escapar de violencia familiar o de pareja.
Empoderarse también es pedir ayuda
Una mujer empoderada no es aquella que nunca cae, nunca duda o nunca necesita apoyo, sino aquella que conserva su derecho a decidir sobre su vida, incluso en medio de contextos difíciles.
Reconocer una agresión tarde, permanecer en una relación violenta o atravesar una crisis no borra la autonomía, la inteligencia ni la dignidad de ninguna mujer.
El empoderamiento no convierte a las mujeres en personas “blindadas”; las convierte en personas con más herramientas, derechos y posibilidades para reconstruirse, pedir ayuda y volver a empezar.
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