Agua en el río
Estaba agobiada de tanto ser y no ser, cuando sintió por primera vez la boca y la garganta muy secas, exigiéndole tomar más agua de la que solía ingerir. Así que, siempre se le veía cargando una enorme botella. La desecación no se detuvo, se extendió por todo su cuerpo. La piel se le empezó a despegar como membrana de cebolla. Eso la obligó a sumergirse dos veces al día en una tina con agua. Hasta que un mañana al despertar, se había transformado en agua. Se deslizó por el piso, corrió hacia el lado contrario del que los otros le demandaban. Y, aunque la culpa la dejaba estancada en algún vado de críticas, la necesidad de ser agua la empujó a seguir fluyendo. Y fue cascada, pero al caer en un lago, las piedras trataron de frenar su destino. Una vez más, el sentimiento de culpa se presentaba increpándola. Sin embargo, al chocar entre las rocas, se convirtió en decenas de gotitas brillantes que se esparcieron en el aire, diluyendo por un momento, el agotamiento de ser la niña buena; la hija modelo; la empleada del mes; la esposa perfecta; la abuela incansable. Sólo fue agua, eso y nada más. Agua pura, brillante, libre.
