Fracking: enciende las alertas ambientales en México

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La discusión sobre el fracking volvió al centro del debate público tras las recientes declaraciones de la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien abrió la puerta a evaluar “nuevas tecnologías” para la extracción de gas no convencional, pese a haber cuestionado anteriormente esta práctica por sus impactos ambientales.

La fractura hidráulica, conocida como fracking, es una técnica que ha sido señalada durante años por especialistas, académicos y organizaciones ambientales como una de las formas más agresivas de explotación de hidrocarburos.

¿Qué es el fracking y por qué preocupa?

El fracking consiste en inyectar millones de litros de agua a alta presión, mezclada con arena y químicos, en capas profundas del subsuelo para fracturar rocas y liberar gas o petróleo atrapado.

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De acuerdo con estudios de la Universidad Nacional Autónoma de México, este proceso implica riesgos significativos:

  • Uso intensivo de agua dulce, en regiones donde ya hay estrés hídrico.
  • Inyección de sustancias químicas potencialmente tóxicas.
  • Generación de residuos difíciles de tratar o reciclar.

Aunque el gobierno federal ha planteado la posibilidad de reciclar agua y reducir químicos con nuevas tecnologías, especialistas advierten que no existe evidencia concluyente de que estos métodos eliminen los impactos de fondo.

Los riesgos: del subsuelo al aire

Diversas investigaciones científicas coinciden en tres grandes focos de riesgo:

  • Contaminación de acuíferos

El mayor temor es la filtración de químicos hacia las aguas subterráneas. La UNAM ha advertido que este tipo de contaminación puede ser prácticamente irreversible, afectando el acceso a agua potable de comunidades enteras.

  • Emisiones de gases de efecto invernadero

El fracking libera metano, un gas con un potencial de calentamiento mucho mayor que el dióxido de carbono. Esto lo convierte en un factor relevante en la crisis climática.

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  • Sismicidad inducida

Estudios internacionales han documentado que la inyección de fluidos en el subsuelo puede detonar movimientos sísmicos, incluso en zonas donde antes no se registraban.

El giro en el discurso energético

Durante su conferencia del 9 de abril, Claudia Sheinbaum marcó distancia del “fracking tradicional”, pero dejó abierta la posibilidad de adoptar variantes tecnológicas que, según dijo, podrían reducir el impacto ambiental.

El argumento central: avanzar hacia la “soberanía energética” en un país que actualmente depende del gas importado, particularmente de Estados Unidos.

Sin embargo, esta postura contrasta con la línea que sostuvo el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien durante su sexenio rechazó esta técnica bajo el argumento de proteger el medio ambiente y la salud pública, e incluso intentó —sin éxito legislativo— prohibirla.

Entre la promesa tecnológica y la desconfianza social

Organizaciones como la Alianza Mexicana Contra el Fracking han advertido que apostar por esta técnica implica “un legado de destrucción territorial”, cuestionando que exista una verdadera “licencia social” para su implementación.

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El punto de quiebre está en la confianza: ¿pueden las nuevas tecnologías realmente evitar los daños documentados durante décadas?

Por ahora, el gobierno ha anunciado la creación de un grupo de expertos que definirá zonas, métodos y viabilidad del proyecto. Pero mientras ese estudio se desarrolla, el debate ya está encendido.

El fracking no es solo una técnica energética: es una decisión que pone en tensión agua, territorio, clima y modelo de desarrollo.

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