El cuerpo bajo control: la lucha global por erradicar la Mutilación Genital Femenina

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Cada año, millones de niñas enfrentan una práctica que no responde a motivos médicos ni sanitarios, sino a estructuras culturales, sociales y de control sobre el cuerpo femenino. La Mutilación Genital Femenina (MGF) continúa siendo una de las violaciones más graves a los derechos humanos de mujeres y niñas, pese a décadas de resistencia, activismo y esfuerzos internacionales por erradicarla.

De acuerdo con la Organización Mundial de la Salud (OMS), la MGF comprende todos los procedimientos que implican la alteración o lesión de los genitales femeninos por razones no médicas.

La práctica puede provocar hemorragias, infecciones, complicaciones obstétricas, dolor crónico, infertilidad y consecuencias psicológicas severas. La OMS advierte que no existe ningún beneficio para la salud asociado a este procedimiento.

Según estimaciones conjuntas de UNICEF y el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), al menos 230 millones de niñas y mujeres vivas en el mundo han sido sometidas a MGF, principalmente en regiones de África, Medio Oriente y algunas zonas de Asia. Además, cada año cerca de 4 millones de niñas corren el riesgo de ser mutiladas si no se refuerzan las estrategias de prevención.

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Tradición, control y miedo al placer femenino

Diversos organismos internacionales coinciden en que la MGF está profundamente vinculada con normas sociales que buscan controlar la sexualidad femenina. La ONU Mujeres señala que la práctica suele justificarse como un rito de paso, una exigencia para el matrimonio o un mecanismo para garantizar la “pureza” y la “fidelidad”.

Investigaciones de la OMS y del UNFPA documentan que uno de los factores estructurales detrás de la MGF es la creencia de que reducir o eliminar la capacidad de sentir placer sexual garantiza la obediencia, el honor familiar o la aceptación social. Esta narrativa revela un patrón histórico en el que el placer femenino ha sido percibido como una amenaza al orden social patriarcal.

La mutilación genital responde a sistemas donde la sexualidad femenina es considerada algo que debe regularse, reprimirse o invisibilizarse, lo que coloca a niñas y adolescentes en situaciones de extrema vulnerabilidad.

Consecuencias que marcan toda la vida

La OMS identifica cuatro tipos principales de MGF, que van desde la extirpación parcial del clítoris hasta procedimientos que implican el estrechamiento de la abertura vaginal mediante sutura. Las consecuencias pueden manifestarse de forma inmediata o durante toda la vida de las víctimas.

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Entre los efectos documentados se encuentran dolor intenso, infecciones recurrentes, complicaciones durante el parto, mayor mortalidad materna y neonatal, trastornos de estrés postraumático y afectaciones en la vida sexual.

La organización internacional advierte que la MGF también limita el acceso a la atención médica, ya que muchas mujeres enfrentan barreras culturales o miedo a la estigmatización.

Resistencias que nacen desde las propias comunidades

Aunque la práctica persiste en distintos contextos, el movimiento para erradicarla ha cobrado fuerza a nivel global. Organizaciones comunitarias, lideresas locales, sobrevivientes y defensoras de derechos humanos han impulsado campañas educativas que buscan transformar normas sociales sin criminalizar a las comunidades, estrategia que organismos como UNICEF consideran clave para generar cambios sostenibles.

Programas impulsados por el UNFPA y UNICEF han logrado que miles de comunidades declaren públicamente el abandono de la práctica, combinando educación sexual, acceso a servicios de salud, participación de líderes religiosos y empoderamiento económico de mujeres y niñas.

La Asamblea General de las Naciones Unidas declaró el 6 de febrero como el Día Internacional de Tolerancia Cero con la Mutilación Genital Femenina, una fecha que busca visibilizar el problema y reforzar el compromiso global para eliminarla antes de 2030, meta incluida dentro de los Objetivos de Desarrollo Sostenible.

Un desafío que persiste

Pese a los avances, factores como conflictos armados, desplazamientos forzados, pobreza y desigualdad de género pueden frenar el progreso y aumentar el riesgo para niñas y adolescentes.

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La erradicación de la MGF implica cuestionar sistemas profundamente arraigados que han vinculado el valor social de las mujeres con el control de su sexualidad. Para especialistas en derechos humanos, el desafío no sólo consiste en prohibir la práctica, sino en garantizar educación, autonomía corporal, acceso a información científica y reconocimiento del derecho de las mujeres a vivir su sexualidad sin violencia ni coerción.

Mientras millones de niñas continúan expuestas, la lucha global contra la Mutilación Genital Femenina permanece como uno de los frentes más urgentes en la defensa de la dignidad, la salud y la libertad corporal de las mujeres.

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