No es tarea de ellas enseñar decencia
En pleno siglo XXI, aún persiste un fenómeno que muchas mujeres describen como agotador, injusto y ampliamente normalizado: la expectativa de que sean ellas quienes enseñen a sus parejas a actuar con dignidad, respeto y valores básicos, además de asumir la mayor parte de las tareas domésticas y de cuidado.
Esta realidad no es anecdótica ni aislada. Según datos de la ONU Mujeres, las mujeres dedican tres veces más tiempo que los hombres al trabajo doméstico no remunerado, incluso cuando ambas partes trabajan fuera de casa. Este desequilibrio no sólo refleja una cuestión de horas, sino de roles profundamente arraigados que colocan sobre los hombros femeninos tareas que deberían ser compartidas.
La brecha se amplía cuando se considera que este trabajo invisible —limpieza, cocina, cuidado de hijas e hijos y apoyo emocional— no siempre se traduce en reconocimiento o reciprocidad, sino en una expectativa de que la mujer moldee el comportamiento de su pareja hasta alcanzar cierta “madurez emocional”.
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Un estudio del World Economic Forum señala que la corresponsabilidad en el hogar es uno de los principales factores pendientes de resolución para alcanzar la igualdad de género, y que la falta de equidad en estas tareas aumenta el desgaste emocional y físico de las mujeres.
Más allá de las labores prácticas, la presión por impartir valores básicos como respeto, dignidad y escucha activa también pesa. En muchos casos, la socialización de los hombres —modelada por normas culturales que minimizan la expresión emocional o promueven modelos de masculinidad rígidos— deja a las mujeres en una posición de “educadoras de pareja”, encargadas de corregir comportamientos que deberían ser inherentes a cualquier relación sana.
El vínculo entre la desigualdad en las tareas domésticas y la salud mental también está documentado. De acuerdo con un artículo de la American Psychological Association (APA), las mujeres que asumen una carga desigual de trabajo de cuidado son más propensas a experimentar estrés crónico, agotamiento emocional y menores niveles de bienestar psicológico.
Este patrón, además, se perpetúa con frases y metáforas culturales que minimizan la desigualdad, como “él no sabe porque nadie se lo enseñó”, como si el respeto y la dignidad fueran aprendizajes secundarios, cuando en realidad son componentes esenciales de cualquier relación afectiva saludable. Expertas en género señalan que este tipo de discursos refuerzan la idea de que la carga emocional recae en las mujeres, en lugar de cuestionar las normas sociales y educativas que definen cómo deben comportarse todos los integrantes de una relación afectiva.
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La clave, coinciden académicas y organismos internacionales, está en promover modelos de convivencia basados en la corresponsabilidad, donde las tareas del hogar y la expresión de valores como el respeto y la empatía no sean responsabilidad exclusiva de uno de los integrantes. Esto implica revisar normas culturales, potenciar la educación emocional para todos y redistribuir el trabajo doméstico de manera justa.
Decir que “no es tarea de las mujeres enseñar decencia básica” no es una queja menor: es un llamado a reconocer que la igualdad de género pasa por transformar tanto las prácticas cotidianas como los imaginarios sociales que sostienen que unos deben enseñar y otros aprender lo que significa, en esencia, ser humano decente.




