“Pero si es buena persona”: la frase que protege agresores
Cuando una mujer denuncia agresión, acoso o maltrato, una de las respuestas más frecuentes —y más dañinas— es: “pero si es buena persona”.
Esta frase, que pretende defender la reputación del agresor, termina por desacreditar a la víctima, minimizar la violencia y reforzar un sistema donde los agresores gozan de prestigio social mientras las mujeres enfrentan dudas, juicios y silencios.
Este tipo de comentarios alimenta una lógica conocida como “el agresor intachable”, documentada por instituciones como ONU Mujeres y la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres (CONAVIM).
Estos organismos señalan que muchos agresores no encajan con el estereotipo social del “hombre violento”: pueden ser cordiales, amables o respetados en su comunidad, lo que dificulta que su conducta privada sea reconocida como violencia.
Agresores con empatía
La Encuesta Nacional sobre la Dinámica de las Relaciones en los Hogares (ENDIREH 2021) reveló que 7 de cada 10 mujeres han vivido algún tipo de violencia a lo largo de su vida, y aun así, la mayoría no denuncia.
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Entre las razones más frecuentes están el miedo a no ser creídas, la vergüenza, o la percepción de que “nadie las apoyará”. Esa falta de confianza se profundiza cuando escuchan que el agresor “es buena persona”, una frase que funciona como escudo social y refuerza la revictimización.
Los agresores pueden mostrar altos niveles de empatía y amabilidad en ciertos contextos, pero comportarse de forma violenta en el ámbito íntimo.
Es decir, las relaciones no son iguales para todas las personas, y la experiencia que alguien tenga con un hombre no invalida lo que otra mujer haya vivido.
Buena persona
Decir “pero si es buena persona” tiene efectos reales: inhibe denuncias, presiona para el silencio y coloca sobre las mujeres la carga de justificar su experiencia.
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Además, contribuye a la llamada violencia institucional, cuando autoridades, entornos laborales o familiares minimizan el testimonio de la víctima bajo la premisa de la “buena reputación” del agresor.
No se necesita ser un “monstruo” para ejercer violencia. Los agresores pueden ser amigos, compañeros de trabajo, vecinos, familiares o figuras reconocidas.
La percepción social nunca debe ponerse por encima del testimonio de quien sobrevivió a la violencia.




