61 años sin el río Almoloya o San Francisco
I.- El climaterio
No hay aguaceros de mayo en la antigua Ciudad de los Ángeles, en parte por el embovedamiento del río de San Francisco, iniciado con un decreto el 26 de agosto de 1963, y concluido el 5 de mayo de 1965. El Bulevar Héroes del 5 de mayo, construido sobre gran parte de él, se anega, sobre todo frente al Paseo Viejo o Hidalgo, y el agua que movió molinos y otras factorías, se desperdicia. Hoy se intenta rescatar al Atoyac y se da por muerto al Alseseca. A 61 años de dejar soterrado el afluente en cuyas riberas se fundó la Angelópolis, parece que fueron menos los beneficios que los daños.
Si bien el Atoyac fue del que, hasta el siglo XX más se utilizaron sus corrientes para mover la industria, el Almoloya (“donde brota el agua”), fue fundamental antes para la vida —en todos sentidos— de la angélica: del molino de san Antonio al norponiente de la urbe, al de Huexotitla, al sur, los molinos de pan-moler proveyeron de harina y biscochos a una ciudad que entre los siglos XVII y XVIII vivió su mayor esplendor; posteriormente, sirvió a la industria textil.
Hoy, el bulevar que se pretendía hiciera un circuito en torno a la Angelópolis con la diagonal Defensores de la República, con su cemento y asfalto siempre con hoyancos y baches, evita que haya agua que se evapore, forme nubes, y dote del líquido al valle de Cuetlaxcoapan y Huitzilapan.
La pérdida no comenzó con el embovedamiento, el cual se pretendió desde el siglo XIX: en lugar de sanear el San Francisco, se optó por desaparecerlo en vez de limpiarlo, ya que era usado como albañal. El fallido plan del Paseo del Río —1993—incumplió con el rescate del afluente y otras promesas, como las plantas de tratamiento de aguas residuales.
El gran beneficiario del embovedamiento del río de San Francisco es el afluente vehicular, que tiene su mayor congestionamiento en el Centro Histórico, aún con vida.
Hoy el calor arrecia, y bueno sería tener un trío de ríos sanos (Atoyac, San Francisco y Alseseca), para que sus afluentes ayudaran a dar vida y refrescar a la Angelópolis.
II.- …y los sueños, sueños son
Cada quien sueña con lo que quiere, con lo que puede, con lo que anhela, o lo que le angustia. A veces hasta sueña que forma parte de un imperio.
Tal sucedió en la antigua Ciudad de los Ángeles cuando Carlota (“¡Adiós, mamá Carlota…!”) soñó que era emperatriz de un imperio mexicano, y muchos de los responsables de que Ignacio Zaragoza quisiera quemar la Angelópolis después de la victoria del 5 de mayo, interrumpieron el fluir del río de San Francisco para que la señora venida de lejos, pasara del Alto, al centro de la urbe.
Parte de la locura comenzó ahí, porque ni a los hacedores de harina de trigo, ni a los peleteros, ni a los sembradores se les hubiera ocurrido, en más de 330 años que tenía la vida de la angelical ciudad, atentar contra el Almoloya que, por cierto, se nutría de diversas corrientes.
Fue el 7 de junio de 1864 cuando algunos diligentes angelopolitanos sirvieron de zapadores para abrir un vado en el río para que la señora que llegó con Maximiliano, pasara de una ribera a otra del Almoloya.
Pero antes de que el ayuntamiento sometiera a la bronca corriente del San Francisco, otros lo miraron con desprecio por haber sido utilizado como albañal, como depósito de inmundicias, y comenzaron a planear el soterrarlo.
En 1892, una primera Junta de mejoramiento armada para tal caso, estuvo a punto de embovedar el río, pues el jefe político de la entidad y el jefe de la IX Zona Militar estaban de acuerdo en hacerlo, pero los cambios políticos impidieron que la idea prosperara, aun cuando se reunió dinero y los trabajos estuvieron a punto de ser iniciados.
Las anteriores noticias han sido tomadas del libro Crónicas de mi ciudad, de Enrique Cordero y Torres (1966), donde también está asentado que, en 1945, Manuel Avila, entonces presidente de la república, había recibido un proyecto para el embovedamiento del Almoloya, como se ve, sin ningún resultado.
En ese libro, previo a la inauguración del que sería el Bulevar Héroes del 5 de mayo, el 5 de mayo de 1965, Cordero y Torres publicó una larga y bien informada crónica —hasta donde le dio tiempo— sobre nuestro soterrado río, trabajo que le encargó el Ayuntamiento de entonces.
Ahí también se lee que, las corrientes de agua que venían a nuestro río desde la “Matlalcuéyetl, Malintzi o Malinche… convertían al río en peligroso, por su corriente que se hacía impetuosa, incontenible, bronca, entrando por el rumbo de Xochimehuacán.”
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III.- De los Ángeles
Otro sueño fue el de los franciscanos, que quisieron hacer realidad la Ciudad de Dios en la Tierra. Así, impulsaron la fundación de una urbe donde los pobladores vivieran y trabajaran por sus manos, hicieran posible la utopía.
De la provincia de Los Ángeles, llegaron los franciscanos en 1524 a lo que hoy es México, y Motilinia, (del náhuatl, el pobre, el desarrapado) Toribio Paredes de Benavente acompañó a Juan de Salmerón, con quien fundó la ciudad angélica, para escoger el sitio, de la cual escribiría cerca de 1540:
“…como no le falta nada de lo que requiere una ciudad para ser perfecta, ansí montes, pastos, aguas, pedreras, como todo lo demás.” “Civdad de Los Ángeles no hay quien crea haber otra sino la del cielo… Otra nuevamente fundada, e por nombre llamada Civdad de Los Ángeles, es en la Nueva España, tierra de Anáhuac. Siendo presidente (de la Segunda audiencia) don Sebastián Ramírez de Fuenleal, e oidores el licenciado Juan de Salmerón, y el licenciado Alonso Maldonado, y el licenciado Francisco Ceynos, y el licenciado Vasco Quiroga, edificose este pueblo a instancia e ruegos de frailes menores que suplicaron a estos señores quisiesen hacer un pueblo de españoles que se diesen a cultivar la tierra y hacer labranzas y heredades al modo de España, pues en la tierra había muy gran disposición y aparejo…”
Fundamentales fueron los ríos que circundaban el valle que había sido, hacia el sur de los totomihuacas, y al norponiente de los cholultecas: el Almoloya, el Atoyaque y el Alseseca.
IV.- Un aguacero de mayo
El martes 26 de mayo de 2026, pasadas las tres de la tarde, en diversos puntos de la antigua Ciudad de los Ángeles, Tláloc y sus tlaloques hicieron el favor de contradecir a quien esto escribe: con recio batir de nubes, con rayos y centellas, desbordó el agua y nos dejó un auténtico aguacero de mayo. Pasaban de las cuatro de la tarde, y las nubes, como si hubiesen sido traspasadas por los rayos, aún dejaban su cauda de vida sobre la olvidadiza urbe, no así el valle, que mostró en el Huitzilapan, frente a los lavaderos de Alomoloya, frente al Paseo Viejo o Paseo Hidalgo, que aún sus chicharrones truenan, que poblano es Tláloc y poblanos sus tlaloques: poblanos, chicharroneros…, pues dejaron un buen tramo anegado.
(Ahora otros recuerdan la “mangas”, las “trombas”, las “avenidas” que traían las lluvias y las crecidas del río, incluso hasta el “cordonazo de san Francisco”, cuando la temporada de lluvias concluía. Quizá esos fenómenos no estén tan lejos, y no sólo en nuestra férrea memoria.)
V.- Colofón
Carlos Montero Pantoja escribió en Puebla y el Paseo de San Francisco (Turner libros, colección Arte y fotos, 2006):
“Puebla no había realizado grandes obras de infraestructura en su zona central, ni tampoco tuvo la previsión de renovar la infraestructura básica. La operación del embovedamiento del rio fue la mayor obra del siglo y contribuyó a potenciar el centro. El 26 de agosto de 1963 se promulgó la Ley sobre Embovedamiento y Urbanización del Río San Francisco, donde las obras fueron declaradas de utilidad pública y se decretó la expropiación de aquellos bienes de propiedad privada que fuera necesarios para la realización de las mismas. La ley respondía al interés por sanear el río, convertido en albañal de la ciudad, al mismo tiempo que aprovechaba la superficie para diseñar una amplia avenida arbolada tipo bulevar que formaría un circuito con la diagonal Defensores de la República. Para la construcción del bulevar no sólo se ocupó el cauce del río, fue necesario demoler algunas casas inmediatas a sus riberas; la operación todavía dejó huellas antiestéticas en los parámetros y perfiles de la calle, argumento por el que se procedió a una segunda renovación, en el marco del proyecto del Paseo del Río. Ya con el bulevar, los autobuses pudieron llegar desde la autopista hasta las terminales del centro, por lo que aumentó la circulación de vehículos y el centro se transformó en la zona de mayor conflicto vial.”
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