El pacto del silencio digital: cómo las deepfakes perpetúan la violencia contra las mujeres
Las deepfakes, videos, imágenes o audios manipulados con inteligencia artificial, se han convertido en una nueva expresión de violencia de género que golpea, expone y silencia a miles de mujeres alrededor del mundo.
Aunque algunos sectores minimizan su impacto, especialistas, organizaciones defensoras de derechos digitales y activistas feministas coinciden: las deepfakes con contenido sexual o difamatorio no son bromas, ni entretenimiento, ni experimentos tecnológicos; son una forma real de violencia sexual y psicológica.
Agresión que invade cuerpos sin tocarlos
Las deepfakes permiten colocar el rostro de una persona en material pornográfico o generar contenido falso donde aparentemente realiza actos que nunca ocurrieron. Esta manipulación provoca daño emocional, reputacional, laboral y social, además de generar escenarios de acoso, amenazas y extorsión.
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Diversos estudios han señalado que la enorme mayoría del contenido deepfake con fines sexuales tiene como víctimas a mujeres y niñas, lo que evidencia que no se trata de un fenómeno neutral, sino profundamente atravesado por la desigualdad estructural de género.
Estas prácticas constituyen una forma de violencia digital, ya que vulneran la dignidad, la privacidad y la seguridad de las víctimas, replicando la lógica histórica de control sobre los cuerpos femeninos.
Restarles importancia: eco del pacto patriarcal
Minimizar las deepfakes o considerarlas una exageración representa, un síntoma del llamado pacto patriarcal, entendido como la normalización social que protege o justifica violencias ejercidas contra las mujeres.
Cuando se cuestiona a la víctima, se trivializa el daño o se reduce el problema a un asunto tecnológico, se invisibiliza la gravedad de una agresión que puede destruir reputaciones, provocar aislamiento social e incluso generar riesgos físicos.
El discurso que presenta estas manipulaciones como “sólo internet” o “sólo humor” reproduce mecanismos que históricamente han permitido que la violencia contra las mujeres sea tolerada, negada o relativizada.
La tecnología también reproduce desigualdades
Herramientas de inteligencia artificial no son inherentemente violentas, pero sí reflejan los sesgos sociales y culturales con los que fueron desarrolladas y utilizadas.
La proliferación de deepfakes contra mujeres evidencia cómo la tecnología puede amplificar prácticas de cosificación y control.
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Además, la viralización de estos contenidos suele ser rápida y difícil de frenar, lo que multiplica el daño y complica la defensa legal y emocional de las víctimas.
Un problema que exige respuestas urgentes
Organizaciones internacionales y colectivos feministas impulsan el reconocimiento legal de las deepfakes como una forma de violencia digital de género, así como el fortalecimiento de mecanismos de denuncia, sanciones claras y responsabilidad de plataformas tecnológicas.
Este fenómeno requiere regulación, educación digital, perspectiva de género y conciencia social para evitar que estas prácticas se normalicen.
Cuando una imagen puede fabricarse y viralizarse en segundos, la discusión ya no gira únicamente en torno a la innovación tecnológica, sino a la defensa de derechos fundamentales.
Las deepfakes no son ficción cuando destruyen vidas reales, y reconocerlas como violencia es el primer paso para detenerlas.




